A Javier Márquez Sánchez le gusta mimetizarse con los personajes sobre los que escribe. “Así me meto mejor en su papel”, explica el sevillano, escritor de novela negra, amante de los clásicos españoles de los setenta y ochenta —“creo que he leído todo lo que se puede leer de Manuel Vázquez Montalbán, Juan Madrid y Andreu Martín”— y estajanovista por naturaleza, con ensayos dedicados a la música, el cine y la cultura popular estadounidense.

Todo ese conocimiento, voraz y acumulativo, termina destilándose en unas novelas que no descuidan la trama, pero que se edifican sobre una documentación casi obsesiva. “Mis personajes nunca beben una copa de anís, sino que beben Anís del Mono; no fuman un cigarrillo, sino que fuman un Chester. Todas esas cosas hacen que se sienta más real lo que cuento”, detalla el también ensayista, detrás de estupendos trabajos como Honky Tonk Heroes. Los forajidos de la música country o Elvis. Corazón solitario.

En Una oración por los condenados, texto que publica la editorial Efe Eme en su serie Intermitente —donde también han aparecido figuras esquivas como David González o Vicente Muñoz Álvarez—, viajamos al Madrid de 1961. Márquez se sitúa en una época poco transitada por la novela negra española, suficientemente alejada de la inmediata posguerra y todavía anterior a las transformaciones sociales y culturales que marcarían el final de la década.

“Me parecía un telón de fondo muy interesante, que podía ser muy atractivo, tanto en todas sus luces como en sus sombras”, explica el escritor, responsable de más de una veintena de obras entre novela, ensayo y poesía. “Empieza a cambiar un poco la línea de gobierno, llegan los tecnócratas, al mismo tiempo, los camisas viejas empiezan a rebelarse porque ven que hay cierto aperturismo; todo eso de manera paralela a la nueva música que empieza a moverse, ya están los conciertos de Miguel Ríos en el Price, el cine empieza también a sacar la patita poco a poco”.

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Por esas calles se desplaza, entre la noche y el día, entre lupanares y cafeterías, Rodrigo Arjona, treintañero, aficionado al blues y a Johnny Cash, lector de libros prohibidos (como el Trópico de Cáncer de Henry Miller) y uno de los escasos detectives privados registrados en aquella España. Junto a Luis Miguel Varela, antiguo compañero en la policía, se ha especializado en solucionar problemas de profesionales del cine y del teatro. “Pensé que no iba a resultar creíble un detective en ese Madrid, que era un poco ridículo, pero dije: ‘Pues mira, a pesar de que no resulte realista, voy a meter a esta gente como detectives privados’.

Va a despertar las suspicacias de sus antiguos compañeros de la policía y va a hacer que resulte un poco más raro. Son detectives, pero a la vez la gente no los ve como tales”, explica Márquez, que ya había frecuentado este territorio en Letal como un solo de Charlie Parker, novela negra ambientada en Las Vegas y protagonizada por un solucionador de problemas vinculado al mundo del cine.

Imagen de la Gran Vía en la década de los 60.

Fue esa historia, publicada en 2012 y premiada como Mejor Novela Negra del Año por Novelpol, la Asociación de Amigos de la Novela Policiaca, la que sirve de antecedente lejano de esta. En ella se cambia Nevada por Madrid y Márquez recupera el gusto por colocar personajes ficticios cerca de nombres y ambientes reconocibles de nuestra cultura popular. Arjona y Varela son aquí dos tipos obligados a recurrir a confidentes, antiguos colegas y extrañas amistades.

Márquez confiesa cómo la primera chispa surgió viendo por enésima vez Río Bravo y El Dorado, de Howard Hawks, siendo la segunda una especie de insólito remake, con variaciones y gestos que remiten a la primera. “Me dije: ‘Si lo ha hecho Hawks con estas dos películas, ¿por qué no lo voy a hacer yo?’”, comenta sobre ese juego de espejos, en el que esta novela mira de reojo a aquella que tenía a Charlie Parker de fondo. Las Vegas dejaban paso a un Madrid en transformación y el cine estadounidense a una industria española en la que podían cruzarse, sin abandonar la ficción, Luis Buñuel, Juan Antonio Bardem, Paco Rabal, José Luis López Vázquez o Tony Leblanc. Una delicia.

Un callejero de 1961

Para un obseso del archivo, no podía faltar un callejero. Márquez va a escribir buena parte de la novela con uno del Madrid de 1961 al lado de su teclado. Antes había dedicado meses a comprobar posibles recorridos, establecimientos, fachadas, fotografías y anuncios. “Me divierte mucho meterme a documentar, comprarme un plano de la época para investigar sus calles, saber si en esta dirección se podía transitar o en esta otra no. Son cosas que luego a lo mejor no se aprecian porque, lógicamente, es una frikada, pero a mí me divierte. Me hace disfrutar más con la escritura y creerme lo que estoy escribiendo”, continúa un Márquez amable y dicharachero, periodista de profesión, una trayectoria que le ha llevado a ejercer como subdirector de revistas como Cambio 16, Esquire, Forbes o Tapas.

Ya comentamos anteriormente que es un tipo inquietísimo. Quizá por eso, en la novela sus personajes no dan demasiados rodeos, saben adónde se dirigen. Lo mismo da si son tabernas como La Comunista, donde “el tío Dionisio sentía demasiada debilidad por algunos de sus platos, como las migas, las chuletas de cordero o los salmonetes”, que los estudios de cine de la CEA, erigidos en Ciudad Lineal, al lado de Arturo Soria, y que constaban de “seis platós de rodaje, laboratorios fotográficos, talleres de decorados, camerinos, áreas de descanso con piscina”.Nuestro escritor confiesa que había direcciones imprescindibles, que quería incluir desde el principio, como Casa Amadeo, el bar especializado en caracoles situado en Cascorro, o la taberna de Antonio Sánchez. Otras fueron apareciendo sobre la marcha. “Si el protagonista iba por esta calle y quería que parase a tomarse un coñac, me ponía a investigar qué locales había por esa zona”, dice Márquez, que en sus ratos libres, cuando no está escribiendo, también hace de editor en Muddy Waters, la excelsa editorial que ha levantado junto a su inseparable Rodrigo Varona, y en la que pueden leerse otros notables trabajos de documentación como Uno de los nuestros, su particular guía del mundo de la mafia, otra de sus debilidades.

Imagen de la taberna de Antonio Sánchez en el Madrid de los años 60.

La Puerta del Sol, según reconoce, fue uno de sus mayores quebraderos de cabeza. El autor reconstruye sus tres isletas y busca documentación sobre los alrededores de la Dirección General de Seguridad (hoy Ayuntamiento de Madrid, y uno de los mayores centros de tortura durante el franquismo), a la vez que estudia fotografías para saber qué anuncios coronaban los edificios en cada momento. Unos pocos años podían cambiar por completo su horizonte comercial. “Según la época que cojas, con un cambio de unos pocos años, tienes el Tío Pepe o no lo tienes”, cuenta. “Otra cosa que me apetecía reflejar era la Gran Vía, con sus cines, con sus locales, con sus luminosos; captar un poco ese ambiente. Que fuesen los protagonistas andando y se cruzasen con un grupo de chicas o entrasen a tomar algo”.Y ahí aparece uno de los grandes retratistas del Madrid de las últimas décadas. “Que me perdone Almodóvar, pero creo que nadie ha reflejado visualmente Madrid como lo hace José Luis Garci en sus películas —El crack, El crack II y Solos en la madrugada—. Muestra de una manera increíble el centro y también las afueras, ese Madrid en crecimiento”, relata Márquez, entusiasta de la ciudad garciniana, a la que Jesús Gluck puso banda sonora, con una música que remite inevitablemente al Bernard Herrmann de Taxi Driver.

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Entre sus otras referencias tampoco pueden faltar algunos de los grandes pioneros del cine policiaco patrio como Apartado de correos 1001, A tiro limpio, A sangre fría o Brigada criminal, películas que le permitieron acercarse a los códigos y la estética pretérita del noir español —de las cuatro, solo la última se rodó en parte en Madrid—. “Mucho antes de que la novela criminal de los setenta y ochenta convirtiera la ciudad en uno de sus escenarios predilectos”, apunta.

Buñuel entra en la novela

En ese Madrid, Márquez nos presenta una intriga completamente ficticia alrededor de un acontecimiento real: el rodaje de Viridiana. Arjona y Varela se ven envueltos en un caso de secuestro y chantaje destinado a perjudicar la producción de la película de Luis Buñuel, mientras una segunda línea conduce hasta un robo cometido en Iglesia en los días anteriores al golpe de Estado de 1936. El sevillano es tajante al separar ambos planos: “Es una completa invención. Total y absolutamente inventada. No hay asomo de posible trama. Lo único que es real es la historia que se cuenta al final de cómo sacan a Viridiana del país para llevarla al festival, que lo hacen envuelta en los capotes de unos toreros que van a cruzar a Francia”.La libertad de la trama contrasta con el escrúpulo utilizado para reconstruir el rodaje. Márquez nos cuenta cómo localizó un libro de fotografías sobre la pieza del director asturiano. La ropa de Buñuel, el aspecto de su ayudante de dirección, los exteriores de la casa son descritos minuciosamente en su novela. Lo mismo ocurre con el curioso episodio que tiene como protagonistas, en una misma instantánea, al profesor Ramón Menéndez Pidal, un jovencísimo Félix Rodríguez de la Fuente y a Charlton Heston, que se encontraba en Madrid filmando El Cid, la película de Anthony Mann que contó con el hispanista como asesor.

“Todo eso intento emularlo al detalle”, indica. “Yo sé que el lector no va a reparar en ello porque puede parecer absurdo, pero a mí me encanta, me divierte muchísimo”. Lo mismo sucede cuando el libro entra en el Corral de la Morería y aparecen Tony Leblanc y otros intérpretes relacionados con Tres de la Cruz Roja, la comedia que se estaba rodando entonces en Madrid.

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Una forma de enfrentarse a la página en blanco que nos lleva directamente hasta su propio escritorio. Márquez recuerda una frase de José Sacristán sobre la necesidad de conservar algo del niño que juega y la aplica a su manera de escribir. “Cuando trabajo en una novela, intento vestirme como mis personajes, cocinar cosas que ellos podrían comer y tener cerca algún objeto relacionado con la historia”, se sincera. Por ejemplo, para un ensayo sobre el Rat Pack compró un vaso para beber whisky; y mientras escribía sobre la mafia, se hizo con un anillo para el meñique.

Para Una oración por los condenados, buscó durante mucho tiempo una reproducción de una pistola Astra 400 en resina, utilizada en la Guerra Civil y posteriormente por la policía. La colocó junto al teclado, encima del callejero de Madrid de 1961. “Normalmente no lo consultaba porque ya había hecho el trabajo de documentación, pero me gustaba verlo y tenerlo ahí delante”, constata.

Teclado de Javier Márquez junto a su última novela y la reproducción de una Astra 400. (Abraham Rivera)

Todo ese amor por el oficio, por Madrid y por las novelas bien escritas recorre Una oración por los condenados. Aunque Márquez ya tiene la cabeza en otra historia. “Estoy preparando un thriller político muy Frédéric Forsyth, ambientado en el presente y alrededor del clima de polarización que vivimos, el auge de la ultraderecha y las tensiones entre islam y cristianismo”, dice. Una novela todavía en preparación que cruzará “una trama de atentados que no son lo que parecen y varias líneas de investigación paralelas, con dos periodistas por un lado y unos analistas estadounidenses por otro”. De momento, toca esperar.