La estampa es de lo más paradójica. Tres hombres, dos por encima de los setenta años y un tercero rozando los noventa, se medio abrazan en una ortopédica posición sobre uno de los sillones de la sala polivalente de los Pisos Tutelados para Personas Mayores de Leganés, en Madrid. No es ninguna despedida dramática. Ni el resultado de una noticia fulminante. Nada lagrimal en esta fricción. Al contrario. Con la sonriente frescura de los adolescentes despojándose de su cinismo, Alberto y Patricio rodean con sus brazos al pre-nonagenario Ángel, patriarcalmente sentado en un sillón. Gayata en mano.
Ángel guarda el aspecto de un escritor del boom latinoamericano, con su polo salmón y sus pantalones de traje. Mientras, Alberto tiene aires de montañero de paisano, de profesor de educación física jubilado, y Patricio de curtido marinero, con canosa barba de capitán Haddock y un tatuaje descolorido en el bíceps. De los de tinta azul, tan propios de la mar o el talego. No son familia. Ni viejos amigos. Pero se abrazan como si pertenecieran a la pandilla de siempre.
Este trío calavera encariñado no es el único que, desde casi el desconocimiento, desde una emocionada actitud que nada tiene que ver con la fraternidad consanguínea o la tragedia, se hace uno con sus brazos en el centro de Leganés. Otras veinte personas, ya entradas en edad, canas y andadores, se reparten por la sala en packs de tres, prodigándose esas carantoñas en forma de vasija con dos asas y un vientre.
Actividad en los salones de los pisos tutelados de mayores en Leganés.(Galo Abrain)Todas se ríen, carcajean y celebran lo que, más que amor, es una saludable payasada. Un juego propio de campamentos infantiles, llamado ‘Vecinos’, según el cual los participantes deben juntarse en tríos donde dos serán los vecinos y uno, el de en medio, quien queda centrado en el abrazo de las otras dos partes: el edificio. Así, al grito de Raquel Trenado y Raquel Rodríguez —tocayas a los mandos de este taller de ‘Risoterapia creativa’—, quienes andan de brazos entrelazados deben abandonar su edificio y buscar otro inmueble, otra persona, quizás desconocida o no, a la que rodear. Así, como suele decirse: del roce nace el cariño.
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ServimediaPiden "blindar" el Fondo Social Europeo para que los colectivos desfavorecidos "no dejen de ser prioridad"La lucha contra la soledadEstos y otros juegos, a cada cual mejor para hacer asomar esa risa nerviosa, pero gratificante, que se apropia de nuestro rostro cuando nos dejamos llevar y no andamos prejuzgando la madurez de las cosas, son la clave del taller enmarcado en el programa Vida Independiente en Comunidad, de Cruz Roja. Un proyecto con el que se busca mejorar la calidad de las personas que están en situación de soledad no deseada o con problemas de autonomía personal. Gente que ve cómo el verano, con sus corredurías familiares, vacaciones e insolaciones sociales, se convierte en un calvario de abandono. Hay quien, llegada la canícula, poco menos que se convierte en una mesa camilla pillando polvo.
Para Nerea Gómez, técnica de Cruz Roja del programa, tan presente como participante de las actividades en este taller de Risoterapia: "La iniciativa de los talleres de verano surge porque en esta época la mayoría de los recursos convencionales cierran y las rutinas se rompen", asegura la joven trabajadora social. "Mantener esa dinamización durante los meses estivales es crucial: no solo evita que pierdan los hábitos conseguidos durante el año, sino que palpa de cerca una realidad muy concreta: en verano las familias se van de vacaciones y la sensación de soledad en las personas mayores tiende a aumentar". Y, como bien saben quienes la han sufrido, la soledad impuesta —esa que no viene de hacer un mutis por el foro y darse el piro con hambre de uno mismo, sino de la insatisfacción— es un cáncer. Una escolopendra que te recorre la espalda, haciéndolo todo incómodo y desagradable.
Como dice Michel Houellebecq, con descarada provocación, en su novela ‘La posibilidad de una isla’: "En el mundo moderno podías ser aficionado al intercambio de parejas, podías ser bi, trans, zoófilo, sadomaso; pero ser viejo estaba prohibido". La impertinente búsqueda de una prórroga incansable de la juventud en la sociedad de consumo ha ido desplazando el respeto a la sabiduría de la edad, al valor de una experiencia que puede ir de lo marcial a lo romántico, convirtiendo la vejez, a los ‘viejos’, dígase sin eufemismos, en encías parlantes y maniáticas destinadas al suplicio de dar la chapa. Máquinas analógicas sin wifi ni Bluetooth incorporado, incapaces de actualizarse como hace hasta nuestro frigorífico.
Baile en la actividades de la Cruz Roja en Leganés. (Galo Abrain)"Existe una especie de gerontofobia social, un mal rollo hacia la vejez que hace que la gente mayor se sienta apartada", apunta la experta Raquel Trenado. "Este tipo de talleres les da una revitalización enorme y les devuelve el valor. La clave es la cercanía: no sirve de nada mantener las distancias". Una apreciación que su compañera, Raquel Rodríguez, apunta declarando que la mejor forma de romper con ese prejuicio de la vejez cansina y machacona es: "La mirada. No puedes ir con la idea de que son personas que te van a aburrir y a contar sus batallitas sin gracia".
"Si cambias la actitud y las tratas como a un igual, recibes un máster en experiencias vitales. En esta clase de talleres te das cuenta, por ejemplo, de que, más allá del valor de sus vivencias, son muy enérgicas. Tenemos muy metido el cliché del abuelo 'apenado'", insiste Rodríguez, "que ya no quiere vivir ni hacer nada, pero la realidad es que los mayores son los que están más abiertos a estas actividades. La gente joven o los adolescentes tienen más barreras, pero los mayores ya no tienen ese miedo al ridículo; esa etapa ya la han pasado y se entregan al 100 %", concluye.
La vejez, según se ve durante las actividades de este piso tutelado en Leganés, tiene argumentos de sobra para ser ociosa. De entre la veintena de asistentes, habrá quien haya superado las cribas de la guerra, la enfermedad o los narcóticos. Y aquí sigue. Haciéndole una peineta a la parca mientras se pasa un pequeño cono por encima de la cabeza en una fila india durante el ejercicio de otro de los juegos. Dicen los antropólogos que ligamos, de manera instantánea, el tabú de la muerte a la vejez. Cosa que no casa bien con nuestra tanatofobia. Los ancianos son un recordatorio de la finitud. De la desgracia del cuerpo. Ese lugar al que estamos destinados contra nuestra voluntad. O, al menos, contra la voluntad educada por un sistema que vanagloria su contrario: la juventud. Ojo, no a los jóvenes, a los que tritura sin miramientos, sino a esa energía consumidora y sexy, atractiva a la vista y sus caprichos, que lo entiende todo a la primera y no lame las tapas de los yogures.
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Marina VelascoFundada en 2010 por el chef José Andrés, proporciona ayuda alimentaria de emergencia a las poblaciones afectadas por guerras, catástrofes naturales y otras crisis humanitarias, como los recientes terremotos de VenezuelaDicen que nuestros mayores dejan ranciar la risa, por frívola. Por agotada. Porque hacerse viejo ha de convertirte en una persona tiesa y resaca, gruñona, cuando menos, salvo con los nietos. La risoterapia de las Raqueles pone de manifiesto la insustancialidad del prejuicio. “Son personas que necesitan sentir ese cariño, romper la soledad no deseada y crear vínculo”, apostilla Trenado. “Nos hemos encontrado con gente que llevaba más de 20 años viviendo en el mismo sitio, aquí, en los pisos tutelados, y ni se conocían. A través de estas dinámicas se han dado los teléfonos, han hecho grupos de WhatsApp para saber cómo están unos de otros y quedan al menos una vez al mes para arreglarse, traer comida y montar una fiesta».
Lina Molina lleva desde diciembre viviendo en estos pisos tutelados de Leganés y habla de todo ello con un agradecimiento desbordante. Agradece a la Comunidad de Madrid su existencia, agradece a los voluntarios y técnicos de Cruz Roja su cariño y apoyo y, por supuesto, agradece a Raquel Rodríguez y Raquel Trenado, porque sus actividades representan la mejor oportunidad para no sentirse desahuciada. Desahuciada de la sociedad, claro, teniendo Lina como mayor lazo una hija que vive en Londres y a la que, por razones obvias, ve de pascuas a ramos. “De normal no se alcanza a conocer a la gente”, asegura a la postre del taller. “Son muy pocas personas con quienes contar, porque cada una va para su lado. Lo mismo, al principio, no quieren participar. Los hombres andan muy enfadados, a veces. Pero luego se divierten y todos nos sentimos más queridos”.
Actividades que dan vidaLina, incombustible al desaliento, reconoce que lo de la risoterapia le divierte, pero que lo que más le gusta es bailar. Mover la cadera, que encaja con su sangre latina. También aprender inglés. “Luego uno va de viaje y no sabe ni preguntar por el baño”, afirma. A lo que reconoce que cuanto más pone la cabeza a trabajar, menos padece las desagradables calcificaciones mentales de la edad. Pero no siempre es fácil convencer a los habitantes de los pisos de ello. Y no es de extrañar, hay que tener valor para atreverse a dejar atrás el orgullo y hacer un poco el gamba.
Reunión de mayores en los Pisos Tutelados de Mayores de Leganés. (Galo Abrain)“Convencer a una persona mayor para que dé el paso e intente algo nuevo suele ser lo más difícil”, asegura Nerea Gómez, de Cruz Roja. “Muchos no bajan o no participan de entrada por miedo o desconfianza. La clave está en cómo te acercas a ellos: no planteas la actividad de manera formal o rígida —diciendo que vamos a "trabajar la soledad"—, sino desde el juego, quitándole trascendencia y adaptándolo a sus intereses. Además, el trabajo previo e individualizado de ‘tú a tú’ hace que confíen en el profesional que les invita, facilitando que prueben la experiencia y terminen pidiendo más”.
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Rafael del Pozo La iniciativa, ideada por habitantes de Pelayos de la Presa, pone en contacto a personas que solicitan ayuda con otras que la ofrecen. Está operativa desde la noche del martes al miércolesEste último apunte de la técnica de Cruz Roja es vital. Desde la vigilancia y la obligación orwelliana se consigue poco. Todo ha de ser motu proprio. De ahí que Raquel Rodríguez destaque la importancia, a modo de colofón, de: “no presionar: la invitación siempre es 'siéntate, solo mira y, si no te gusta, no vuelvas'. Invariablemente, el propio ambiente acaba enganchándoles”. Incluso a este cronista, que peca siempre de una vergüenza y un orgullo grandes como su cabeza, le tienta dejarse llevar por el jubileo de los yayos. A cada cual con sus particularidades, no faltando el tramposo, el perfeccionista o el entusiasta.
El verano, esa estación sudorosa y descamisada, donde la seducción se transparenta y la flacidez se disimula, no solo amodorra las tardes ante los peligros del calor. También enfría, devolviendo la ansiedad y el miedo, los corazones de los viejos, de quienes recorren los arrabales de la senectud engordada por la soledad. Y contra ello, solo vale el reconocimiento, la atención y el respeto a quienes sobrevivieron a la austeridad, consiguieron salvar este país con sus ajustadas pensiones y soportaron el lío de la vida para que otros, nosotros, respiremos más tranquilos. A golpe de risa, no es mala estrategia para hacerlo. Para impedir que el aislamiento los devore. Aunque esto último, huelga decir, no tenga ninguna gracia.