Madrid lleva un siglo inventándose el mar que la geografía le ha negado. Y lo hace con una testarudez entrañable, levantando simulacros de costa en mitad de la meseta, como si bastara con decretar la arena para conjurar la falta de horizonte.
El madrileño veranea siempre en otro sitio. Esa es su condición primera, casi su seña de identidad. Huye hacia Levante en cuanto el termómetro lo permite. Recorre cientos de kilómetros para alquilar dos metros de toalla en Gandía y vuelve persuadido de que el mar pertenece a otros. Por eso no terminan de funcionar del todo las soluciones domésticas que perforan la M30.
La playa más lograda que tuvo la capital fue la de 1932, obra racionalista de Manuel Muñoz Monasterio junto al Manzanares, con su embalse de ochenta mil metros cúbicos y su edificio con forma de casco varado a la altura del actual hipódromo. La Segunda República quiso democratizar el agua y casi lo consigue. Por una peseta y media, el oficinista nadaba entre islas como un señorito de Santander.
La guerra la dejó en el frente y la posguerra en el olvido. La contaminación del río remató lo que las bombas habían empezado. Ahora resucita como complejo de ocio premium, con su concesión de Patrimonio Nacional y su inversión millonaria. Solo falta un detalle. No habrá baño. La recuperación ambiental de las riberas impide reconstruir la presa. Madrid recobra su playa con la condición de no poder mojarse en ella. Difícil imaginar metáfora más fiel de lo que esta ciudad siente por el mar.
"Vivimos en el limbo": Costas se niega a legalizar el último barrio marinero de Málaga
Luis Vertedor. MálagaUnas 570 viviendas de El Palo ubicadas en suelo marítimo-terrestre están a la espera del deslinde. Los vecinos critican que se haya aplicado en las dos poblaciones contiguas mientras el Gobierno desliza que su caso es “imposible”El embalse de San Juan representa el mejor emblema alternativo, el único pantano donde el chapuzón no está penado y el único que ondea una Bandera Azul, distinción concebida para el Mediterráneo y concedida aquí a una orilla de agua dulce que jamás ha visto una gaviota.
Hoy amarran decenas de embarcaciones en su puerto deportivo mientras las motoras rayan la superficie, y un club náutico firmado por José Antonio Corrales le presta una dignidad marítima que nadie le había reclamado.
La rebelión del surf gallego contra las prohibiciones por alerta roja: "El mar no se cierra"
L. BustabadLos surfistas reclaman a la Xunta de Galicia que ajuste el protocolo para acceder al mar incluso en condiciones adversas. "No se puede prohibir el surf cuando hay olas", denuncianY sin embargo, bajo esa liturgia de costa permanece intacto lo que el embalse anegó. Un puente romano de ocho ojos. Una ermita y unos molinos que solo reaparecen los veranos de sequía, cuando el nivel cede y aflora, incómoda, la Castilla que el pantano vino a tapar.
El Alberche de Aldea del Fresno renuncia ya a la épica y se conforma con un agua mansa que apenas cubre, territorio de manguitos y vigilancia paterna antes que de nadador adulto. Las Presillas de Rascafría ni fingen ser una playa, pozas del Lozoya encajadas en el Guadarrama por las que baja un caudal recién desprendido del deshielo, tan frío que desarma cualquier alarde. Y Los Villares, en Estremera, existe sobre todo en el censo oficial y rara vez en los planes de nadie, prueba de que también el olvido necesita constar por escrito.
Fuera de ese censo, prevalece la tentadora prohibición. Bañarse donde no consta puede costar entre ochenta y tres mil euros, una horquilla que delata más afán recaudatorio que vocación pedagógica. El madrileño, que ha convertido el incumplimiento en un arte menor, se zambulle igual en pozas clandestinas y pantanos sin vigilancia, persuadido de que la multa es una hipótesis y el calor una certeza que merece conjurarse.
El mar reclama su parte en Matalascañas tras el temporal y pone en riesgo la playa de Doñana
Carlos Rocha. SevillaEl Ayuntamiento de Almonte cifra en 9 millones los daños y carga contra Transición Ecológica después de que decenas de edificios corran peligro. La Junta, el Gobierno y el consistorio se reúnen de urgenciaLas limitaciones se cuentan solas. Cuatro playas para casi siete millones de habitantes. Embalses que menguan cada vez que el invierno escatima la nieve. Atascos en la A-5 que convierten el día de asueto en una penitencia con aire acondicionado. Y la masificación del sábado, cuando San Juan se vuelve una versión interior de la Malvarrosa, con la toalla pegada a la toalla del vecino y ninguna de las compensaciones del salitre.
Queda el consuelo urbano. Madrid Río, que devolvió el Manzanares a los vecinos después de enterrar la M-30, dispone sus chorros y sus láminas de agua para que el crío se refresque mientras el padre finge el rumbo de una playa. Es una tregua. Una forma elegante de reconocer que el deseo persiste aunque el mar no llegue jamás, y que la ciudad prefiere el sucedáneo a la renuncia.
Y ahí reside lo más madrileño del asunto. La ciudad no quiere de verdad una playa. Quiere la promesa de la playa y el derecho a lamentarse de que no la tiene. Si mañana asomara el mar al final de la Castellana, el madrileño desconfiaría. Sospecharía del regalo. Y volvería a coger el coche rumbo a Levante, fiel a la única certeza que le queda. Que su playa, igual que su dicha, está siempre en otra parte.