Johanna Murillo consiguió su primer papel porque se metió en el lugar equivocado. Con ayuda de la Guía Roji, buscaba un edificio en el desorden de la numeración de las calles de La Condesa. Iba de extra a un cortometraje estudiantil. Vio un equipo de producción metiendo cables y luces. Ahí tenía que ser. “¿Tú a qué vienes?”, le preguntaron. “No sé ni cómo se llama mi personaje”, contestó. Aun así la mandaron a maquillaje, a un camper. Tardó en darse cuenta de que era una grabación de Telemundo. Le pidieron su teléfono. Pensó en lo que decía su mamá, que nunca le diera su número a un extraño. Pero lo hizo. Dos horas después le llamaron de Argos; tres días más tarde estaba haciendo una telenovela.
Murillo nació en Tulancingo, Hidalgo, aunque su infancia entera estuvo en Pachuca, en un compartimento aparte del resto de su vida. Su mamá era educadora; su papá, ingeniero civil, de Real del Monte y libanés, que era casi sinónimo de comerciante: a los 24 años ya tenía una zapatería y vendía tenis.
La compañía de Johanna Murillo, la hija mayor, fue la televisión. Los domingos sus papás los dejaban en el cine desde temprano. Ahí experimentaba algo que todavía le cuesta describir: la cabeza y el cuerpo se alineaban, se apagaba el mundo durante un rato y luego se quedaba fantaseando durante días y pensando por qué ese personaje dijo alguna cosa en ese tono, o por qué se puso ese vestido y no otro.
Siempre quiso ser actriz. No lo recuerda como una decisión; no conocía a nadie que se dedicara al cine o a la televisión, pero sentía el llamado. En esos años en México solo se hacían telenovelas y a ella las telenovelas no le gustaban, pero veía los contenidos de esos tiempos: Chiquilladas, Papá soltero y otras producciones de Televisa.
Precisamente la aceptaron en Chiquilladas, pero sus papás no la dejaron. Su padre le advertía que acabaría en las garras de la prostitución y las drogas. Su madre tenía la mente un poco más abierta, pero también le daba terror aquel mundo desconocido para su familia. Muy a su pesar, hoy cree que fue mejor así: de niña actriz, todo habría sido más difícil.
Al cumplir la mayoría de edad, su aspiración era alejarse de su casa. El mejor plan a su alcance fue estudiar, en la Universidad Anáhuac, Ciencias de la Comunicación. “Desde un lugar muy burdo”, pero algo tenía que ver con actuar. Era su pasaporte. Lejos de su familia, Murillo se enganchó en una relación violenta. Salió de ella con tierra de por medio: la mandaron un año a Brasil con los tíos libaneses, que ella refiere como la versión moderna del convento, con todo y los divertidos primos de su misma edad.
Volvió para terminar la licenciatura y se rodeó de gente más afín. Ahí estaba Karla Guindi, su gran amiga, y la madre de ésta, también. Las dos querían irse a Nueva York, de vacaciones. Pero tenían que encontrar un propósito. Lo otro era puro capricho. Johanna Murillo se decidió por un curso de actuación durante un verano que estiró tanto como pudo, en la escuela de Mike Nichols. “Entonces me explotó el cerebro”, dice.
Cuando regresó a México abandonó la carrera. Le faltaban dos materias para terminarla, y su tesis había sido entregada. No le importó nada. Se metió para continuar con las clases de actuación en la Casa Azul y en la segunda sesión el maestro la invitó a participar en Perras, una obra controversial escrita y actuada por alumnas. Nunca había pensado en el teatro como opción, pero ahí estaba y era el momento perfecto para rebelarse. Fueron dos años de funciones que la moldearon en la disciplina que el teatro exige.
La telenovela nunca fue lo suyo. Sentía que tenía que hacer un esfuerzo gigante para que la dejaran pertenecer. Se alejó de aquello y acabó, otra vez por azar, en Mantarraya, una de las dos productoras de cine de autor que existían entonces. “¿Sabes algo sobre la distribución de películas?”, le preguntaron. No tenía idea. Pero se encargó de la última película de Carlos Reygadas y aprendió. Su jefa, Fiorella Moretti, le enseñó a ver cine y le enseñó la metodología: cómo se consiguen las cosas y a quién se le toca la puerta.
Luego llegó Soy tu fan, una de las series pioneras en México, y, por unos años, Johanna Murillo fue una rockstar. Tenía 26 años. Ya se había casado y divorciado y no lo cuenta como un error, sino como una decisión necesaria para avanzar. Le tomó años creérsela: sentía que iba tarde y que lo que había conseguido era pura suerte.
“Pude convencerme del ‘soy chingona’ hasta Las niñas bien y La liberación. Y la verdad, tampoco tenía mucho tiempo para pensar en mis inseguridades”. Una vez disipada la neblina, la actriz empezó a notar que ella solía ser la persona con más experiencia cuando trabajaba.
“Y entonces también aprendí a soltar; entendí que no era tan importante el personaje que no me dieron, como el proyecto que no salió. Me acaba de pasar con mi primer protagónico en cine. Trabajé dos años y estudié por otro año completo para un personaje, y la película se vio una única vez, en Guadalajara”. Fue un luto: era su manera de mostrar una dimensión que ella sabe que tiene de sobra, aunque no está segura de que los demás la conozcan.
Hoy, a Johanna Murillo el éxito le sabe distinto. Ya no está en el lugar de demostrar que es buena actriz. “Éxito significa sentarme 18 horas a darle vueltas con alguien a un personaje”, dice. “Con alguien que me estimule cabeza y corazón, que me haga ver la vida de otra manera... aunque a veces también soy presa de la ambición y me imagino cosas gigantescas”.